EL SEÑOR ROSALES
Mi bisabuela Catalina partió de Toyahua, Zacatecas a radicar en la ciudad
de Guadalajara, se
desempeñó como cocinera en casa de familias acomodada, trabajó con una familia
de alemanes y un día su patrón le hizo saber su deseo de que ellos se
trasladarían a su país de origen, con la finalidad de que sus hijos “aprendieran
bien el alemán”, le propuso los acompañara, pues se había acostumbrado a sus
guisos, a su sazón y a sus platillos. Le dijo, y por supuesto, “su hijo iría a
la misma escuela que los míos”. A lo que Catalina respondió: “No, está muy
lejos”. Al crecer Daniel, su hijo, se enteró de que se le había escapado la
oportunidad de desempeñarse a futuro como profesor de idiomas.
Mi abuelo, estando ya casado asistió a una secundaria nocturna, siendo su
profesor Agustín de la Rosa (cuyos restos se encuentran en la Rotonda de los
Hombres Ilustres de Jalisco). Según su sentir, las clasea de matemáticas se impartían a buen nivel por lo
que acudían jóvenes de otras escuelas atraídos por la calidad académica de sus
profesores. Más adelante, sus hijos asistieron cercas del mercado de San Juan
de Dios a unos talleres donde aprendieron Inglés.
Desde joven, se interesó por la literatura y la historia y con el tiempo formó una colección de libros
contando con “el Hijo de Ahuizote”. Aprendió a leer en inglés teniendo como
obra preferida un libro de historia en esa lengua.
Daniel afirmaba con entusiasmo que su primogénito también del mismo
nombre, había nacido en un edificio enfrente de la Plaza de Armas, y se sentía
orgulloso de ser mexicano.
En 1929, hay dos hechos dignos de ser mencionados, el primero, es el año
en que nació su primer hija y la compra de un terreno que costó noventa centavos
el metro cuadrado. Su casa se encontraba ubicada en el Municipio de Zapopan, se
surtía de agua de un manantial llamado “Los Colomos”, agua de un agradable
sabor, de ahí partía el río del mismo nombre que divide a Guadalajara de este
municipio. La familia de Gabriela y Daniel fue la primera en habitar esa área lo que se
llamaría más adelante “El barrio del Retiro” porque estaba "retirado" de la
antigua Guadalajara. Cerca de ahí, a escasos cien metros pasaba un arroyo que
formó unas barranquitas. A un lado de la casa de mis abuelos se instaló una
familia con una teneduría. Su joven vecina entabló amistad con Gabriela que
duró toda la vida, su cuarto hijo nació con problemas de hidrocefalea y
finalmente no sobrevivió. Durante ese tiempo, mi abuela se ocupó de una hija
pequeña de Doña Aurora y le puso el monte de “Bolilla”, ella, en cambio le deseaba llamar Gabriela, pero como era difícil de pronunciar, le decía “mamá lela” y así se le quedó.
Mi abuelo, construyó un gran cuarto de adobe con piso de tierra que no
ocupó de inmediato. Un día, se enteró que había sido ocupado. Se encontró a una
humilde familia. Un día, el burrito que los acompañaba se había comido el árbol de lima que crecía a un
lado del lavadero y fue reemplazada por otro que daba frutos de mayor
calidad, fue transportado desde un pueblo cercano por esa familia.
Corría el año de 1911, Daniel siendo un niño de once años, se
encontraban sentados en el borde de una ventana viendo desfilar a los federales, éstos se llevaron "de levita" a dos niños -uno era mi abuelo-. Una vez en el tren, los niños separados de sus padres no paraban de
llorar y les dieron dulces con el ánimo de que se callaran. Fue así, como, se integró a
la milicia teniendo escasos once años de edad. Fue testigo de batallas y hechos
dolorosos, memoria que con el tiempo relató a oídos atentos sus historias de
juventud. Nosotros, viajávamos a la ciudad de Guadalajara cada periodo
vacacional. Mi abuelo gustaba de platicar con un joven historiador sobre muchos
temas. Dentro de la conversación el joven terminó por educar al señor Rosales y
nunca más votó por el partido de la banderita como era su costumbre. Tenía una
mente abierta, no era dogmático, solía decir: “No creo en el Dios que los
hombres han creado, sino en el Dios creador del universo”.
Desde niño su madre lo enviaba a la iglesia de San Francisco donde se desempeñaba como
acólito. Un día, se enteró que el presbítero había embarazado a una joven de la
flor y nata de sociedad, desde ahí se retiró de sus actividades religiosas,
decepcionado por los actos del señor cura. Solía leer la historia de San
Francisco, tanto le gustó la obra que terminó por “expropiarla”.
Encontrándose el ejército en Chihuahua, Daniel desertó y se quedó a vivir
en esa ciudad por un tiempo donde aprendió el oficio de la curtiduría. Le
pagaban un peso diario por su trabajo, monto aceptable para la época. Después
de algunos años de soportar las inclemencias del clima, decidió enrolarse con
el ejército villista. Posiblemente, con la idea no de pelear con la
insurgencia, sino de buscar un medio de transporte y una posible oportunidad
que lo acercara al centro del país y retornar el camino a casa para reunirse
con su madre.
Formó una familia con su esposa. Trabajó en Las Fábricas de Francia, y en
El Nuevo París, donde le proveían de alojamiento en una casa en la azotea del
edificio. Ocupó un cargo en el Comité Ejecutivo de un sindicato y un día llegó
una petición de una perfumería, por lo que no dudó en enviar a una de sus hijas
a ocupar esa plaza. Después, ingresó a una droguería como barrendero. Al tiempo, se presentó la
ocasión de ocupar una plaza en el
almacén de la compañía. Registraba las entradas y salidas de productos. La
droguería tenía grandes instalaciones, por un lado pasaba el ramal del ferrocarril
que abastecía de productos a la empresa. Daniel estaba atento al correcto
acomodo de las mercancías y de que los trabajadores no fueran a accidentarse
pues manejaban entre otras cosas, porrones de ácido en botellones de vidrio de
cincuenta litros cada uno.
Llegó el día en que la empresa quebró. Mi abuelo Daniel contaba con sesentaicinco
años de edad y se jubiló. Encontró la forma de mantenerse activo, ahora
ayudando a su hijo mayor con las cuentas de su taller mecánico. Lo mismo haría
más adelante con otro de sus hijos quien estuvo a cargo de una cuadrilla de
trabajadores que no resultó rentable por las maniobras de la empresa telefónica
de ese entonces, Teléfonos de México.
Tres de sus nietas vivían en la casa grande en compañía de sus abuelos.
Daniel se convirtió de abuelo en padre, estuvo atento a la educación de ellas,
fue consejero, maestro y en ocasiones amigo. Gustaba de cantar toda la obra musical y las canciones acompañado de su guitarra de un cantautor de principios del siglo XIX: Guty Cárdenas. Ocasionalmente su esposa Gabriela entonaba algunas canciones como “La Feria de las Flores” entre otras. Con este ambiente
en el hogar, dos de sus nietas se
interesaron por el aprendizaje de ese instrumento musical, que una sola llegó a
continuar.
En una ocasión, estando uno de sus hijos que trabajaba en Tabasco en Petróleos
Mexicanos, se encontraba de visita en la casa grande. Por
las tardes, los niños se reunían a practicar un juego de cartas para agilizar
la memoria, mi abuelo Daniel se integró
también, hasta que su hijo, empezó a buscarlo y preguntar por una caja que contenía el juego. El paquete, fue sustraído por uno de sus hijos, quien de antemano sabía
que era para un regalo que su padre iba a hacer. Al enterarse, mi papá Rosales sorprendido dijo, “¡¡Pero, si
hasta yo jugué!!”.
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