lunes, 7 de noviembre de 2022

EL SEÑOR ROSALES

 

EL SEÑOR ROSALES

 

Mi bisabuela Catalina partió de Toyahua, Zacatecas a radicar en la ciudad de Guadalajara,  se desempeñó como cocinera en casa de familias acomodada, trabajó con una familia de alemanes y un día su patrón le hizo saber su deseo de que ellos se trasladarían a su país de origen, con la finalidad de que sus hijos “aprendieran bien el alemán”, le propuso los acompañara, pues se había acostumbrado a sus guisos, a su sazón y a sus platillos. Le dijo, y por supuesto, “su hijo iría a la misma escuela que los míos”. A lo que Catalina respondió: “No, está muy lejos”. Al crecer Daniel, su hijo, se enteró de que se le había escapado la oportunidad de desempeñarse a futuro como profesor de idiomas.

Mi abuelo, estando ya casado asistió a una secundaria nocturna, siendo su profesor Agustín de la Rosa (cuyos restos se encuentran en la Rotonda de los Hombres Ilustres de Jalisco). Según su sentir, las clasea de  matemáticas se impartían a buen nivel por lo que acudían jóvenes de otras escuelas atraídos por la calidad académica de sus profesores. Más adelante, sus hijos asistieron cercas del mercado de San Juan de Dios a unos talleres donde aprendieron Inglés.

Desde joven, se interesó por la literatura y la historia  y con el tiempo formó una colección de libros contando con “el Hijo de Ahuizote”. Aprendió a leer en inglés teniendo como obra preferida un libro de historia en esa lengua.

Daniel afirmaba con entusiasmo que su primogénito también del mismo nombre, había nacido en un edificio enfrente de la Plaza de Armas, y se sentía orgulloso de ser mexicano.

En 1929, hay dos hechos dignos de ser mencionados, el primero, es el año en que nació su  primer hija  y la compra de un terreno que costó noventa centavos el metro cuadrado. Su casa se encontraba ubicada en el Municipio de Zapopan, se surtía de agua de un manantial llamado “Los Colomos”, agua de un agradable sabor, de ahí partía el río del mismo nombre que divide a Guadalajara de este municipio. La familia de Gabriela y Daniel fue la primera en habitar esa área lo que se llamaría más adelante “El barrio del Retiro” porque estaba "retirado" de la antigua Guadalajara. Cerca de ahí, a escasos cien metros pasaba un arroyo que formó unas barranquitas. A un lado de la casa de mis abuelos se instaló una familia con una teneduría. Su joven vecina entabló amistad con Gabriela que duró toda la vida, su cuarto hijo  nació con problemas de hidrocefalea y finalmente no sobrevivió. Durante ese tiempo, mi abuela se ocupó de una hija pequeña de Doña Aurora y le puso el monte de “Bolilla”, ella, en cambio le deseaba llamar Gabriela, pero como era difícil de pronunciar, le decía “mamá lela” y así se le quedó.

Mi abuelo, construyó un gran cuarto de adobe con piso de tierra que no ocupó de inmediato. Un día, se enteró que había sido ocupado. Se encontró a una humilde familia. Un día, el burrito que los acompañaba se había comido el árbol de lima que crecía a un lado del lavadero y fue reemplazada por otro que daba frutos de mayor calidad, fue transportado desde un pueblo cercano por esa familia.

 Corría el año  de 1911, Daniel siendo un niño de once años, se encontraban sentados en el borde de una ventana  viendo desfilar a los federales, éstos se llevaron "de levita" a dos niños -uno era mi abuelo-. Una vez en el tren, los niños separados de sus padres no paraban de llorar y les dieron dulces con el ánimo de que se callaran. Fue así, como, se integró a la milicia teniendo escasos once años de edad. Fue testigo de batallas y hechos dolorosos, memoria que con el tiempo relató a oídos atentos sus historias de juventud. Nosotros, viajávamos a la ciudad de Guadalajara cada  periodo vacacional. Mi abuelo gustaba de platicar con un joven historiador sobre muchos temas. Dentro de la conversación el joven terminó por educar al señor Rosales y nunca más votó por el partido de la banderita como era su costumbre. Tenía una mente abierta, no era dogmático, solía decir: “No creo en el Dios que los hombres han creado, sino en el Dios creador del universo”.

Desde niño su madre lo enviaba a la iglesia  de San Francisco donde se desempeñaba como acólito. Un día, se enteró que el presbítero había embarazado a una joven de la flor y nata de sociedad, desde ahí se retiró de sus actividades religiosas, decepcionado por los actos del señor cura. Solía leer la historia de San Francisco, tanto le gustó la obra que terminó por “expropiarla”.

Encontrándose el ejército en Chihuahua, Daniel desertó y se quedó a vivir en esa ciudad por un tiempo donde aprendió el oficio de la curtiduría. Le pagaban un peso diario por su trabajo, monto aceptable para la época. Después de algunos años de soportar las inclemencias del clima, decidió enrolarse con el ejército villista. Posiblemente, con la idea no de pelear con la insurgencia, sino de buscar un medio de transporte y una posible oportunidad que lo acercara al centro del país y retornar el camino a casa para reunirse con su madre.

Formó una familia con su esposa. Trabajó en Las Fábricas de Francia, y en El Nuevo París, donde le proveían de alojamiento en una casa en la azotea del edificio. Ocupó un cargo en el Comité Ejecutivo de un sindicato y un día llegó una petición de una perfumería, por lo que no dudó en enviar a una de sus hijas a ocupar esa plaza. Después, ingresó a una droguería  como barrendero. Al tiempo, se presentó la ocasión de ocupar  una plaza en el almacén de la compañía. Registraba las entradas y salidas de productos. La droguería tenía grandes instalaciones, por un lado pasaba el ramal del ferrocarril que abastecía de productos a la empresa. Daniel estaba atento al correcto acomodo de las mercancías y de que los trabajadores no fueran a accidentarse pues manejaban entre otras cosas, porrones de ácido en botellones de vidrio de cincuenta litros cada uno.

Llegó el día en que la empresa quebró. Mi abuelo Daniel contaba con sesentaicinco años de edad y se jubiló. Encontró la forma de mantenerse activo, ahora ayudando a su hijo mayor con las cuentas de su taller mecánico. Lo mismo haría más adelante con otro de sus hijos quien estuvo a cargo de una cuadrilla de trabajadores que no resultó rentable por las maniobras de la empresa telefónica de ese entonces, Teléfonos de México.

Tres de sus nietas vivían en la casa grande en compañía de sus abuelos. Daniel se convirtió de abuelo en padre, estuvo atento a la educación de ellas, fue consejero, maestro y en ocasiones amigo.  Gustaba de cantar toda la obra musical y las canciones acompañado de su guitarra de un cantautor de principios del siglo XIX: Guty Cárdenas.   Ocasionalmente su esposa Gabriela entonaba algunas canciones como “La Feria de las Flores” entre otras. Con este ambiente en el hogar,  dos de sus nietas se interesaron por el aprendizaje de ese instrumento musical, que una sola llegó a continuar.

En una ocasión, estando uno de sus hijos que trabajaba en Tabasco en Petróleos Mexicanos, se encontraba de visita en la casa grande. Por las tardes, los niños se reunían a practicar un juego de cartas para agilizar la memoria,  mi abuelo Daniel se integró también, hasta que su hijo, empezó a buscarlo y preguntar por una caja que contenía el juego. El paquete, fue sustraído por uno de sus hijos, quien de antemano sabía que era para un regalo que su padre iba a hacer.  Al enterarse, mi papá Rosales sorprendido dijo, “¡¡Pero, si hasta yo jugué!!”.

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