lunes, 7 de noviembre de 2022

RECORDANDO A MARÍA ELENA

 

RECORDANDO A MARÍA ELENA

 

Aquella humilde maestra rural fue mi amiga y compañera en sus años de juventud, de ella aprendí las primeras lecciones de la vida. Cantaba a la juventud y a la grandeza del Señor. Me invitaba a sus reuniones de zona donde se agrupaban los profesores que daban clases en diversas rancherías en el estado de Jalisco. Oía las exposiciones de los maestros, sus problemas y los acuerdos a que llegaban.

María Elena y yo fuimos y venimos de oficina en oficina buscando una audiencia con los políticos “vale madre” de ese tiempo; llegábamos temprano ,  esperábamos horas y horas y al final de la jornada la secretaria anunciaba que el “infeliz” político se había ido, sin haber oído el planteamiento de una propuesta que mi tía deseaba hacerles.

A pesar de todos los desdenes, no cejó en su desempeño de tramitar y aprobar la creación de una primaria rural en Yahualica, Jalisco, lugar donde se desempañaba como profesora de primaria. Cuando por fin, llegó la ansiada aprobación, mi tía había pedido el cambio de adscripción para continuar con sus labores académicas en otro lugar, había contraído un compromiso con un joven profesor normalista  del área rural.

Recuerdo una vez, que acompañé a mi tía María Elena y a su amiga Carmen Campa a la ciudad de México con el propósito de aprobar un examen que les permitiera ingresar y continuar sus estudios. Carmen lo solicitó en el área de matemáticas y fue aprobada para ocupar una plaza para estudiar en la Normal Superior y a futuro impartir clases en una escuela secundaria.  Mi tía,  seleccionó el área de literatura, pero esta área estaba tan concurrida que fue rechazada finalmente. Recuerdo que llegamos a un hotel del SENTE y nos alojamos en una hermosa y amplia habitación que tenía grandes ventanales, ubicada en el quinto piso, teníamos una vista panorámica de la ciudad. Al poco tiempo, llegó un señor feo y panzón diciendo que “esa” era “su” habitación a la que siempre llegaba cuando visitaba la capital.  Posteriormente, nos mandaron a  ocupar una habitación en el sótano, toda gris, sin ventanas ni ventilación. El SENTE les hacía creer a los profesores que el hotel era para todo aquel que lo solicitara… pero era una verdad a medias.

En Jalisco, en un par de ocasiones, la acompañé a Yahualica, ahí donde se alojaba María Elena con una familia de apellido Limón. La matrona de la casa, a las cuatro de la mañana empezaba a despertar llamando a gritos a sus hijas que dormían en un cuarto en el segundo piso de la casa-habitación, con el ánimo de que se levantaran para iniciar las labores cotidianas.  En la cocina había un molino que tenía dos grandes piezas dentadas para moler el nixtamal y tenía un palo para hacerlas girar dando vuelta y vuelta para hacer la masa de maíz.

A mi tía, le prestaban un cuartito para que ahí  diera clase a los niños. No tenía puerta, ni ventanas, con piso de tierra donde sentaba a los niños en el suelo. Primero, los más chiquitos de parvulitos que los ponía a hacer bolitas y palitos en el cuaderno. Luego, preguntaba al quiénes son los de segundo? Y así sucesivamente.

En ocasiones, las vacas se asomaban al interior de la escuela atraídas por las voces infantiles. Los niños venían a pie de las rancherías cercanas. Había un niño de nivel avanzado que al parecer era privilegiado, pues llegaba en un burrito al que amarraba cercas de un árbol, se llamaba Fabián. Fabián era amigo de un hijo de la familia Limón y pensaba continuar sus estudios.

En una ocasión, las hijas de esa familia, se dirigieron a un pequeño aguaje cercano con agua “chocolatosa,” acompañadas con un burrito que portaba  grandes cantaros . Ellas juntaron esa agua con un pequeño plato de peltre y los llenaron. Una vez que ralló el sol, con esa agua,  regaron un amplio patio  al frente  de la casa. Sacaron un fonógrafo le dieron cuerda, le adaptaron dos enormes bocinas y tocaron melodías de danza regional, mientras, que los danzantes bailaban diferentes piezas. “El son de la negra”,  la danza con machetes que chocaban entre sí los niños haciendo ruidos metálicos, en fin, fue un espectáculo variado y colorido. En las afueras de la casa, había muchos burritos esperando que terminara la fiesta para regresar a su hogar.

María Elena concibió una hija, a quien, por su trabajo, le fue difícil atender. Mago y su suegra se ofrecieron a ayudarla a atender a la bebé y fue así, como ella resolvió la atención de su pequeña.

Una tarde, María Elena llegó a la Perla Tapatía a la “casa grande”  acompañada de su pequeña hija, enferma, delgada y amarilla. Su suegra le dijo: “Lleváte a tu hija, no la quiero verla morir aquí”.  La niña no dejaba de llorar y mi mamá Gabriela con toda su experiencia en cuidar chilpallates propios y ajenos, le dijo, esa niña tiene hambre… su hija dijo, que el doctor la instruyó a  que le dieran suero. Después de tomar leche, quedó plácidamente dormida.

El deseo de aumentar el número de miembros de su reducida familia llevó a mi tía a un chequeo médico y los resultados fueron alarmantes. El diagnóstico le fue adverso, dio positivo a cáncer.  Un cáncer muy agresivo se había incubado en su matriz. Fue en una época, en que María Elena frecuentó la casa familiar siguiendo un tratamiento de rayos “X”. De su hija, se ocupaban mis  abuelos. La radioterapia se dividió en varias zonas que fueron recibiendo las radiaciones.

El tiempo transcurrió, y su hija, agrandó la familia con dos hijos varones. Treinta años después, el cáncer volvió, transformado en un tumor benigno que no pudo superarlo.

Tras su retiro de labores académicas,  María Elena organizó a los jóvenes de San Juanito, su casa se convirtió en un centro cultural, puso al alcance sus alumnos  guitarras y trajes regionales que ella misma compró con su humilde  pensión de maestra rural. Por las tardes, los jóvenes acudían a recibir clases de música y dansa . Coleccionó vestidos  para la presentación de espectáculos populares en las fiestas del santo patrón del lugar. Se rodeó de jóvenes que llenaban de alegría su casa logrando mantenerse activa todo el tiempo.  Su visión altruista, le llevó a fundación de un asilo de ancianos que hoy lleva su nombre en el pueblo de  San Juanito de Antonio Escobedo, Jalisco.

María Elena contrajo matrimonio con un joven profesor normalista también del medio rural: el tío Juan.

El tío Juan estudió la Normal en la ciudad de Guadalajara. Sus compañeros  lo apodaron “el huarache veloz”. Al inicio del ciclo escolar los estudiantes organizaban las “novatadas” sometían a los estudiantes a sus caprichos, y le tocó el turno al recién llegado de San Juanito…pero el tío Juan corrió tan rápido que no pudieron alcanzarlo. Así fue, como se daría a conocer por su velocidad.

Su mamá y su hermana mayor le costearon sus estudios elaborando pequeñas galletas de maíz horneado, mismas que saboreamos por primera vez cuando madre e hija nos visitaron mucho tiempo después en la casa familiar.

Con la llegada del amor, terminó la compañía de la que yo gozaba, ahora le tocaría a su esposo ocuparse de ella. Cada una, caminaría por senderos diferentes. 

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