RECORDANDO A MARÍA ELENA
Aquella humilde maestra rural fue mi
amiga y compañera en sus años de juventud, de ella aprendí las primeras
lecciones de la vida. Cantaba a la juventud y a la grandeza del Señor. Me
invitaba a sus reuniones de zona donde se agrupaban los profesores que daban
clases en diversas rancherías en el estado de Jalisco. Oía las exposiciones de
los maestros, sus problemas y los acuerdos a que llegaban.
María Elena y yo fuimos y venimos de
oficina en oficina buscando una audiencia con los políticos “vale madre” de ese
tiempo; llegábamos temprano ,
esperábamos horas y horas y al final de la jornada la secretaria
anunciaba que el “infeliz” político se había ido, sin haber oído el planteamiento
de una propuesta que mi tía deseaba hacerles.
A pesar de todos los desdenes, no cejó
en su desempeño de tramitar y aprobar la creación de una primaria rural en
Yahualica, Jalisco, lugar donde se desempañaba como profesora de primaria.
Cuando por fin, llegó la ansiada aprobación, mi tía había pedido el cambio de
adscripción para continuar con sus labores académicas en otro lugar, había
contraído un compromiso con un joven profesor normalista del área rural.
Recuerdo una vez, que acompañé a mi tía
María Elena y a su amiga Carmen Campa a la ciudad de México con el propósito de
aprobar un examen que les permitiera ingresar y continuar sus estudios. Carmen
lo solicitó en el área de matemáticas y fue aprobada para ocupar una plaza para
estudiar en la Normal Superior y a futuro impartir clases en una escuela
secundaria. Mi tía, seleccionó el área de literatura, pero esta
área estaba tan concurrida que fue rechazada finalmente. Recuerdo que llegamos
a un hotel del SENTE y nos alojamos en una hermosa y amplia habitación que
tenía grandes ventanales, ubicada en el quinto piso, teníamos una vista
panorámica de la ciudad. Al poco tiempo, llegó un señor feo y panzón diciendo
que “esa” era “su” habitación a la que siempre llegaba cuando visitaba la
capital. Posteriormente, nos mandaron
a ocupar una habitación en el sótano,
toda gris, sin ventanas ni ventilación. El SENTE les hacía creer a los
profesores que el hotel era para todo aquel que lo solicitara… pero era una
verdad a medias.
En Jalisco, en un par de ocasiones, la
acompañé a Yahualica, ahí donde se alojaba María Elena con una familia de
apellido Limón. La matrona de la casa, a las cuatro de la mañana empezaba a
despertar llamando a gritos a sus hijas que dormían en un cuarto en el segundo
piso de la casa-habitación, con el ánimo de que se levantaran para iniciar las
labores cotidianas. En la cocina había
un molino que tenía dos grandes piezas dentadas para moler el nixtamal y tenía
un palo para hacerlas girar dando vuelta y vuelta para hacer la masa de maíz.
A mi tía, le prestaban un cuartito para
que ahí diera clase a los niños. No
tenía puerta, ni ventanas, con piso de tierra donde sentaba a los niños en el
suelo. Primero, los más chiquitos de parvulitos que los ponía a hacer bolitas y
palitos en el cuaderno. Luego, preguntaba al quiénes son los de segundo? Y así
sucesivamente.
En ocasiones, las vacas se asomaban al
interior de la escuela atraídas por las voces infantiles. Los niños venían a
pie de las rancherías cercanas. Había un niño de nivel avanzado que al parecer
era privilegiado, pues llegaba en un burrito al que amarraba cercas de un
árbol, se llamaba Fabián. Fabián era amigo de un hijo de la familia Limón y
pensaba continuar sus estudios.
En una ocasión, las hijas de esa
familia, se dirigieron a un pequeño aguaje cercano con agua “chocolatosa,” acompañadas
con un burrito que portaba grandes cantaros
. Ellas juntaron esa agua con un pequeño plato de peltre y los llenaron. Una
vez que ralló el sol, con esa agua, regaron un amplio patio al frente
de la casa. Sacaron un fonógrafo le dieron cuerda, le adaptaron dos enormes
bocinas y tocaron melodías de danza regional, mientras, que los danzantes
bailaban diferentes piezas. “El son de la negra”, la danza con machetes que chocaban entre sí
los niños haciendo ruidos metálicos, en fin, fue un espectáculo variado y
colorido. En las afueras de la casa, había muchos burritos esperando que
terminara la fiesta para regresar a su hogar.
María Elena concibió una hija, a quien,
por su trabajo, le fue difícil atender. Mago y su suegra se ofrecieron a ayudarla
a atender a la bebé y fue así, como ella resolvió la atención de su pequeña.
Una tarde, María Elena llegó a la Perla
Tapatía a la “casa grande” acompañada de
su pequeña hija, enferma, delgada y amarilla. Su suegra le dijo: “Lleváte a tu
hija, no la quiero verla morir aquí”. La
niña no dejaba de llorar y mi mamá Gabriela con toda su experiencia en cuidar
chilpallates propios y ajenos, le dijo, esa niña tiene hambre… su hija dijo,
que el doctor la instruyó a que le dieran
suero. Después de tomar leche, quedó plácidamente dormida.
El deseo de aumentar el número de
miembros de su reducida familia llevó a mi tía a un chequeo médico y los
resultados fueron alarmantes. El diagnóstico le fue adverso, dio positivo a
cáncer. Un cáncer muy agresivo se había
incubado en su matriz. Fue en una época, en que María Elena frecuentó la casa
familiar siguiendo un tratamiento de rayos “X”. De su hija, se ocupaban mis abuelos. La radioterapia se dividió en varias
zonas que fueron recibiendo las radiaciones.
El tiempo transcurrió, y su hija,
agrandó la familia con dos hijos varones. Treinta años después, el cáncer
volvió, transformado en un tumor benigno que no pudo superarlo.
Tras su retiro de labores
académicas, María Elena organizó a los
jóvenes de San Juanito, su casa se convirtió en un centro cultural, puso al
alcance sus alumnos guitarras y trajes
regionales que ella misma compró con su humilde
pensión de maestra rural. Por las tardes, los jóvenes acudían a recibir
clases de música y dansa . Coleccionó vestidos
para la presentación de espectáculos populares en las fiestas del santo
patrón del lugar. Se rodeó de jóvenes que llenaban de alegría su casa logrando
mantenerse activa todo el tiempo. Su
visión altruista, le llevó a fundación de un asilo de ancianos que hoy lleva su
nombre en el pueblo de San Juanito de
Antonio Escobedo, Jalisco.
María Elena contrajo matrimonio con un
joven profesor normalista también del medio rural: el tío Juan.
El tío Juan estudió la Normal en la
ciudad de Guadalajara. Sus compañeros lo
apodaron “el huarache veloz”. Al inicio del ciclo escolar los estudiantes
organizaban las “novatadas” sometían a los estudiantes a sus caprichos, y le
tocó el turno al recién llegado de San Juanito…pero el tío Juan corrió tan
rápido que no pudieron alcanzarlo. Así fue, como se daría a conocer por su
velocidad.
Su mamá y su hermana mayor le costearon
sus estudios elaborando pequeñas galletas de maíz horneado, mismas que saboreamos
por primera vez cuando madre e hija nos visitaron mucho tiempo después en la
casa familiar.
Con la llegada del amor, terminó la
compañía de la que yo gozaba, ahora le tocaría a su esposo ocuparse de ella.
Cada una, caminaría por senderos diferentes.
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