miércoles, 4 de enero de 2023

VAMOS A CUBITA LA BELLA

 

VAMOS A CUBITA LA BELLA

 

Aparté unos boletos para viajar a la isla caribeña en compañía de mi familia, en Guadalajara abordamos el avión en un vuelo chapter, había un par de muchachas con las cuales entablé una conversación , alegres y optimistas, decían que una de ellas vería a su prometido con el que contraría nupcias un poco más adelante. La otra joven, iba con la idea de despedir a su novio, pues decía  que no era posible resistir la lejanía,  decía “Tu aquí y yo acá, eso no”.  Al ratito de despegar del aeropuerto,  de acuerdo a los hábitos de los cubanos, los niños fueron los primeros en ser atendidos por las azafatas,  pues los niños, son la generación del futuro y es para ellos, la mejor atención.

En la noche,  al llegar a La Habana, salimos  del hotel y nos percatamos que había una feria cercas del  muelle y nos dirigimos ahí. Se encontraba una enorme pipa descargando una cerveza oscura que se vendía a los visitantes en unos grandes envases de cartón.  Deseosos de probar la gastronomía nacional, nos formamos sin poder comprar nada, pues no portábamos la moneda nacional y no aceptaban dólares, así que, nos regresamos  desencantados al hotel. 

La seguridad en la isla era notoria.  En el festival  había varios tipos de guardias,  unos eran milicianos, otros eran de la Guardia Nacional,  y del ejército.  Hubo sospechosos a quienes les  pidieron su identificación.  Una tarde, caminando por los muelles,  salieron varios hombres altos, bien portados y con cara de malandros, lo que nos hizo desistir de seguir por ahí. Pablo,- un amigo- nos explicó que hacía falta  que se fuera otro Mariel.

En esa fecha se festejaba el aniversario de la Revolución Cubana. Por la tarde, se presentó un desfile de carros alegóricos que competían por un premio y reconocimiento al mejor carro.  En un lugar ex profeso frente al muelle, los cubanos hacían su presentación y eran calificados por los presentes. Al día siguiente, se presentó  Fidel en un mitin, cerca de un obelisco con la figura de Martí. El fuerte sol, aunado a un calor húmedo hacía que los habitantes se replegaran a la sombra que proporcionaban unos enormes edificios, en uno de ellos, se delineaba el rostro del Che Guevara. De repente, todos empezaron a brincar en un solo pie, a la vez que me decían: “brinca, brinca si no, vas a hacer gusano”.  Había un gentío y regresamos a refugiarnos del intenso calor al hotel a descansar.

En ese entonces, los habitantes carecían de aceite vegetal, mayonesa  y jabón. Recuerdo una enorme fila de personas en el muelle esperando turno para poder acceder estos productos que portaba un barco recién llegado. Una rubia dijo con desaliento: “Nos hemos quedado solos”.   En medio de la crisis, en la isla se estaba impulsando la autosuficiencia alimentaria apoyando a los productores del campo.

Llegamos a La Habana en 1989, nos alojamos en el céntrico hotel El Vedado y  más tarde, empezamos a caminar por las calles, al pasar por un edificio en reparación oímos unos golpes. Ahí conocimos a Pablo, quien enseguida nos presentó a un excombatiente de Angola quien aseveró que allá “no había hambre… había hambrunas”.  Más adelante,  en La Habana Vieja conocimos al resto de la familia de Pablo.

Al año siguiente, en  su nuevo  departamento nos  mostraba con orgullo sus condecoraciones como “Héroe del Trabajo”, nos regaló cuentos donde narraban la vida cotidiana de la isla. Pablo, nos acompañó a visitar la Universidad de la Habana, ahí donde años atrás Fidel se dirijió a los estudiantes.  

Rentamos un auto. En el recorrido, encontramos un par de maestras “haciendo botella”, dijeron que enseñaban ruso y en ese momento, estaban impartiendo clases de Ingles.  Pasamos por una huerta de enormes guayabas verdes por fuera y rositas por dentro donde se detuvieron a cortarlas y lo compartieron. De ahí, nos dirigimos a un paradisiaco parque, había un romántico puente de madera  al lado de  un lago. Al pasar el tiempo, nos percatamos que sobresalían unos ojos en el agua, eran caimanes, ¡caimanes por montón¡.   Conocimos unos lugareños, uno de ellos,  pedía le enviáramos fotos de nuestro país.  El otro, portaba un pequeño caimán dentro del sombrero,  el cocodrilito brincó para caer en la mesa y no paró de mostrar sus afilados caninos.

Visitamos el  museo Girón, en las afueras, lucía un pequeño avión de hélice de la Segunda Guerra Mundial. Más adelante, vi  una morena bien formada, alta, esbelta con un atractivo biquini barriendo el porche de su casa, después  dos muchachos “montados” en una bicicleta  conducían rumbo a la playa, en la parte trasera  viajaba su compañera luciendo un bello biquini.

En el trayecto, nos encontramos un tractor atestado de personas viajando  de pie, en la parte delantera, ¡algo insólito¡.  Llegamos a Varadero,  de  arena blanca  que contrastaba con la belleza y colorido del mar.  Dentro del hotel, había una enorme piscina y los niños  ni tardos ni perezosos se dieron a la tarea de darse un refrescante chapuzón.

En la ciudad de La Habana, nos topamos con “La Bodeguita de en Medio”, sus paredes estaban saturadas de frases y firmas, ahí se encontraba la de Hemingway que decía; “Mi Daiquirí en La Floridita y mi Mojito en La Habana” –firmó en los años cincuenta cuando vivía en esa ciudad este escritor-.  Nos sirvieron “moros con cristianos”,  yuca y un platillo de pierna al horno. Nos cobraron con divisa.

En La Habana había dos monedas que circulaban para los visitantes, una era el dólar y la otra para turistas, de ésta última, no guardé ninguna  para el recuerdo.  En la mañana, muy temprano, los visitantes hacían fila en el hotel para cambiar dólares que se agotaban rápidamente.  Ahí mismo, vendían diversos artículos. Al salir, se encontraba un turista sin zapatos, el guardia le preguntó y él dijo que los había perdido.

  En la  céntrica plaza Copelia había muchos puestos de nieve de garrafa, al final, daban un vaso de agua para enjuagarse la boca. Por las mañanas estaba casi desolado, pero no así, en las tardes,  las colas eran interminables.  En una ocasión, de repente,  ya no vi a mi pequeña hija, un cubano me preguntó al verme buscando, al rato, un policía traía a la niña sana y salva.

El viaje había llegado a su fin, Pablo nos llevó un obsequio, el cual no pude llevar ya que era de un vidrio muy delgado y lo dejé en la cómoda del hotel. En el aeropuerto, aquella muchacha estaba llorando, su novio la consolaba pues debíamos partir. Nosotros regresaríamos el próximo año, al igual que ella.

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