VAMOS A CUBITA LA BELLA
Aparté unos boletos para viajar a la
isla caribeña en compañía de mi familia, en Guadalajara abordamos el avión en
un vuelo chapter, había un par de muchachas con las cuales entablé una
conversación , alegres y optimistas, decían que una de ellas vería a su
prometido con el que contraría nupcias un poco más adelante. La otra joven, iba
con la idea de despedir a su novio, pues decía
que no era posible resistir la lejanía,
decía “Tu aquí y yo acá, eso no”.
Al ratito de despegar del aeropuerto,
de acuerdo a los hábitos de los cubanos, los niños fueron los primeros
en ser atendidos por las azafatas, pues
los niños, son la generación del futuro y es para ellos, la mejor atención.
En la noche, al llegar a La Habana, salimos del hotel y nos percatamos que había una
feria cercas del muelle y nos dirigimos
ahí. Se encontraba una enorme pipa descargando una cerveza oscura que se vendía
a los visitantes en unos grandes envases de cartón. Deseosos de probar la gastronomía nacional,
nos formamos sin poder comprar nada, pues no portábamos la moneda nacional y no
aceptaban dólares, así que, nos regresamos
desencantados al hotel.
La seguridad en la isla era
notoria. En el festival había varios tipos de guardias, unos eran milicianos, otros eran de la
Guardia Nacional, y del ejército. Hubo sospechosos a quienes les pidieron su identificación. Una tarde, caminando por los muelles, salieron varios hombres altos, bien portados
y con cara de malandros, lo que nos hizo desistir de seguir por ahí. Pablo,- un
amigo- nos explicó que hacía falta que
se fuera otro Mariel.
En esa fecha se festejaba el aniversario
de la Revolución Cubana. Por la tarde, se presentó un desfile de carros
alegóricos que competían por un premio y reconocimiento al mejor carro. En un lugar ex profeso frente al muelle, los
cubanos hacían su presentación y eran calificados por los presentes. Al día
siguiente, se presentó Fidel en un
mitin, cerca de un obelisco con la figura de Martí. El fuerte sol, aunado a un
calor húmedo hacía que los habitantes se replegaran a la sombra que
proporcionaban unos enormes edificios, en uno de ellos, se delineaba el rostro
del Che Guevara. De repente, todos empezaron a brincar en un solo pie, a la vez
que me decían: “brinca, brinca si no, vas a hacer gusano”. Había un gentío y regresamos a refugiarnos
del intenso calor al hotel a descansar.
En ese entonces, los habitantes carecían
de aceite vegetal, mayonesa y jabón.
Recuerdo una enorme fila de personas en el muelle esperando turno para poder
acceder estos productos que portaba un barco recién llegado. Una rubia dijo con
desaliento: “Nos hemos quedado solos”.
En medio de la crisis, en la isla se estaba impulsando la
autosuficiencia alimentaria apoyando a los productores del campo.
Llegamos a La Habana en 1989, nos
alojamos en el céntrico hotel El Vedado y más tarde, empezamos a caminar por las calles,
al pasar por un edificio en reparación oímos unos golpes. Ahí conocimos a
Pablo, quien enseguida nos presentó a un excombatiente de Angola quien aseveró
que allá “no había hambre… había hambrunas”. Más adelante,
en La Habana Vieja conocimos al resto de la familia de Pablo.
Al año siguiente, en su nuevo
departamento nos mostraba con
orgullo sus condecoraciones como “Héroe del Trabajo”, nos regaló cuentos donde narraban
la vida cotidiana de la isla. Pablo, nos acompañó a visitar la Universidad de
la Habana, ahí donde años atrás Fidel se dirijió a los estudiantes.
Rentamos un auto. En el recorrido,
encontramos un par de maestras “haciendo botella”, dijeron que enseñaban ruso y
en ese momento, estaban impartiendo clases de Ingles. Pasamos por una huerta de enormes guayabas
verdes por fuera y rositas por dentro donde se detuvieron a cortarlas y lo
compartieron. De ahí, nos dirigimos a un paradisiaco parque, había un romántico
puente de madera al lado de un lago. Al pasar el tiempo, nos percatamos que
sobresalían unos ojos en el agua, eran caimanes, ¡caimanes por montón¡. Conocimos unos lugareños, uno de ellos, pedía le enviáramos fotos de nuestro
país. El otro, portaba un pequeño caimán
dentro del sombrero, el cocodrilito brincó para caer en la mesa y
no paró de mostrar sus afilados caninos.
Visitamos el museo Girón, en las afueras, lucía un pequeño
avión de hélice de la Segunda Guerra Mundial. Más adelante, vi una morena bien formada, alta, esbelta con un
atractivo biquini barriendo el porche de su casa, después dos muchachos “montados” en una bicicleta conducían rumbo a la playa, en la parte trasera
viajaba su compañera luciendo un bello
biquini.
En el trayecto, nos encontramos un tractor
atestado de personas viajando de pie, en
la parte delantera, ¡algo insólito¡.
Llegamos a Varadero, de arena blanca
que contrastaba con la belleza y colorido del mar. Dentro del hotel, había una enorme piscina y
los niños ni tardos ni perezosos se
dieron a la tarea de darse un refrescante chapuzón.
En la ciudad de La Habana, nos topamos
con “La Bodeguita de en Medio”, sus paredes estaban saturadas de frases y
firmas, ahí se encontraba la de Hemingway que decía; “Mi Daiquirí en La
Floridita y mi Mojito en La Habana” –firmó en los años cincuenta cuando vivía
en esa ciudad este escritor-. Nos
sirvieron “moros con cristianos”, yuca y
un platillo de pierna al horno. Nos cobraron con divisa.
En La Habana había dos monedas que
circulaban para los visitantes, una era el dólar y la otra para turistas, de
ésta última, no guardé ninguna para el recuerdo. En la mañana, muy temprano, los visitantes
hacían fila en el hotel para cambiar dólares que se agotaban rápidamente. Ahí mismo, vendían diversos artículos. Al
salir, se encontraba un turista sin zapatos, el guardia le preguntó y él dijo
que los había perdido.
En la céntrica plaza Copelia había
muchos puestos de nieve de garrafa, al final, daban un vaso de agua para enjuagarse
la boca. Por las mañanas estaba casi desolado, pero no así, en las tardes, las colas eran interminables. En una ocasión, de repente, ya no vi a mi pequeña hija, un cubano me
preguntó al verme buscando, al rato, un policía traía a la niña sana y salva.
El viaje había llegado a su fin, Pablo
nos llevó un obsequio, el cual no pude llevar ya que era de un vidrio muy
delgado y lo dejé en la cómoda del hotel. En el aeropuerto, aquella muchacha
estaba llorando, su novio la consolaba pues debíamos partir. Nosotros
regresaríamos el próximo año, al igual que ella.
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